Conocer un nuevo espacio siempre es la oportunidad de sorprenderse, maravillarse o desilusionarse. En todo caso es salir de la zona de confort y los espacios conocidos para aventurarse a un espacio y experiencia nueva.
El muy renombrado «Madre Rojas», por muchos calificados como el «Don Julio» de Villa Crespo es una esquina muy promocionada y comparada con el gran éxito de crítica de años incluido en los premios Michelin.
Sin embargo, no todo lo promocionado es Oro.
Empecemos por lo destacado positivamente: La atención de los mozos y sommelier es dedicada, afectuosa, no invasiva y super efectiva. Indudablemente contaron con una precisa selección de personal. La ambientación es detallada, puesta en valor de un almacén típico de ese barrio al comienzo del siglo pasado. Luz tenue, cuidado acústico que permite la charla íntima en cada mesa, una gran parrilla chispeante de un lado y del otro una gran cámara frigorífica con los cortes de selección.
Que plato no dejen de probar: El puré mixto de cabutia y coliflor ahumado. Una sencillez brillante de sabor, color y textura. Delicia.
¿Que falló? La comanda de carne fue enviada incorrectamente cuando la moza especificó en varias oportunidades que se pedía y como. Llegaron las guarniciones, luego la carne incorrecta que fue devuelta y tardó mucho en volver. Y alli hay un error imposible: Lejos de hacer un nuevo corte, sobrecocinaron el mismo limpiándolo y achicando su tamaño en un 50%. La porción fue mínima y mal cocida. Sin las guarniciones que por lógica y para no comerlas frías ya se habían degustado. El sabor de la carne es correcto pero no tiene punto de comparación con sus seguidores. Me sorprendió malamente tanta descripción de trazabilidad y referencias de sabor comentadas por el servicio para encontrarme con un MINIMO pedazo de carne sobrecocida y con un costo de $95.000.-
La moza detectó el defecto de tiempo y calidad de producto, el jefe de salón también. Lo comentó al encargada por el error cometido y no hubo reflejo de el para una mínima disculpa. Sólo atinaron a enviar un flan de cortesía.
Sin embargo, cuando un comensal decide ir a un espacio de este tipo, busca mucho más que una cena. Pensó en visitar el lugar, llega con referencias y además sabe que tiene que disponer de un dinero elevado. No se trata de una salida más. Sino de un ritual Foodie al que muchos, juntando el dinero deseamos acceder para conocer, para deslumbrarnos, para disfrutar del encuentro con una idea de servicio y cuidado de producto. Eso no ocurrió. Una pena: a veces puede ocurrir que una salida deseada se transforma en «EL FIN DE LAS EXPECTATIVAS».
