"EL VINO QUE UNE A LAS PERSONAS"

Cuando yo tenía unos 20 años, trabajaba de mucama en la casa de un importante empresario, mi tarea era limpiar los baños del quincho, cuando mis patrones y sus invitados terminaban de jugar al tenis ( todo ese sector quedaba lleno de polvo de ladrillo). Después de servir una picada con vermut, refregaba los baños y los pisos, servía el almuerzo, limpiaba la vajilla y la cocina, y me iba lo más rápido que podía a tomar la costera que era el colectivo que me dejaba en la escuela donde estaba terminando el secundario.

Al sonar el timbre que daba fin a la ultima clase del día, era la primera en llegar a la parada del colectivo que me dejaba a 3 cuadras de mi casa, cuadras que caminaba cada noche y que contrastaba infinitamente con las cuadras que me conducían a mi trabajo, en mi barrio saludaba a los vecinos, los perros se alborotaban, la mezcla de música por lo general cumbias, ladridos de perros, gritos de niños y motos con escapes libres que rugían como leones, eran sonidos que te ponían en situación y lugar, las calles olían a cloacas, y en las esquinas tenia que esquivar los charcos de agua podrida con nubes de mosquitos, si había llovido me ponía unas bolsas en los pies para no embarrarme los zapatos, mi barrio quedaba en Morón, provincia de Bs As.

Mi trabajo era en Martinez, zona norte del Gran Bs. As. Las 3 cuadras que caminaba desde el colectivo a mi trabajo eran arboladas, los arboles se abrazaban en sus copas, olía a jazmines, en esa pequeña caminata matutina podía conocer el sonido del silencio, no había perros en la calle, ni gritos, ni caños de escapes libres, no tenia miedo porque había una garita en cada esquina, un solo detalle me separaba de ese lugar, no era “mi” lugar, yo “no pertenecía”, la entrada para mi era siempre y sin excepción la puerta de servicio.

Un día me mandaron a limpiar la vinoteca, mi patrona me recomendó que tenga mucho cuidado con las botellas, si rompía alguna no me alcanzarían 2 sueldos para pagarla, en realidad todo lo que tocaba en esa casa, desde un adorno hasta un traje, eran el equivalente a mas que mi sueldo…

Ese fue mi primer contacto con vinos de alta gama, o premium como quieran llamarle. Aun recuerdo el modo en que recibí las indicaciones para hacer aquel trabajo:

- Acomódalos en los estantes acostados por año y por país, ¿entendés?, ¿sabés leer? 
- Si señora, estoy terminando la secundaria, este año me recibo, se leer perfectamente …
- Bueno ya que entedés tanto, entonces también ponelos por zonas, debajo del país menciona la zona ¿ves?. Francia/Burdeos, ó España/Rivera del Duero, entendiste?
- Si señora!
- Cuando hayas terminado avisale a mi marido que venga a ver, él es el que se ocupa de los vinos, y regulá el aire acondicionado a 16° déjalo prendido…
- Si señora...

Ese día leí cada una de las etiquetas y fue mi primer contacto con la magia del vino, Chateau de Yquem, Romanée- Conti, Petrus, Cheval-Blanc, Vega Sicilia, etc… porqué costaban mas que mi sueldo?...

Sorprendí al patrón con el modo que ordené la vinoteca, le hice un listado por zona, añada y tipo de vino. En aquel entonces sentí la interpretación de Roland Bhartes –en su libro “Mitologias”, cuando habla de la trilogía alimentaria, agua, leche y vino, el agua y la leche son lo mismo para todos, uno como mito de la inocencia (la leche), otro como pureza (el agua), pero el vino es el que divide a los hombres ya que hay mucho esnobismo alrededor de él, sentí aquello que describe como “la cocina ornamental” dice Bhartes :

"Esa cocina exclusivamente visual que actúa como un disfraz que separa al alimento de su origen natural y regional, inaccesible para muy amplios sectores populares. La cocina ornamental es absolutamente inasequible, irrealizable, y con eso el poder burgués se refuerza, gana en eficacia, magia y simbólica."

Pasaron 20 años y mucha agua bajo el puente, y como en el hombre nunca se baña en el mismo rio porque el agua corre y se renueva permanentemente, las personas que tenemos el genuino deseo de crecer, para concretar ese crecimiento, debemos convertirnos en rio y renovarnos, la vida me fue llevando por distintos caminos pero siempre por senderos que me condujeron a la gastronomía, el mundo del vino está dejando de ser un enigma para mi. Logre terminar mi carrera de sommelier, lo que significa abrir una puerta al conocimiento que a su vez abre otras miles, y cada paso que das te das cuenta de lo mucho que falta por aprender.

La satisfacción más grande es conocer esta cofradía que data de miles de años, los hacedores de vinos, no son gente común ,son sabios, que saben que la excelencia de su trabajo la logran observado la naturaleza, están atentos al sol, a las lluvias, las heladas, la tierra, la temperatura, quieren compartir su vino. Ante la pregunta: "¿Cuánto cuesta?" Se sienten incomodos, y te responden: "Para eso esta la gente de marketing, finanzas, etc- Yo pongo toda mi energía para que salga el mejor vino, “si la naturaleza me deja”, de lo demás se ocupan otros".

Participar de este maravilloso mundo del vino desde otro lugar, charlar con los bodegueros, ingenieros agrónomos, recorrer las viñas, degustar y entender que un vino cuando es caro es porque es caro hacerlo, esos conocimientos le trajeron paz a mi alma, el vino no puede ni debe alejar a los hombres, esta hecho para compartir, alegrar las veladas, unir a las personas.

Hoy sé que los vinos que más recuerdo son los que compartí con gente amiga y amigable, que el momento y la compañía son parte del vino. 
Celebro estar inmersa en este universo de gente maravillosa que en cada cosecha parece que se abren las puertas del cielo y descienden esos guardianes del espíritu del vino a recordarnos que es un elemento para la unión, la celebración y el respeto, a tal punto que el que abusa de su consumo pierde el control de sus actos, no importa el precio ni la escala socio-cultural, todos podemos quedar presos de sus efectos embriagadores ante el exceso. 
Brindo por esta bebida cuyo espíritu es unir a los hombres.

Rosy Braile
Twitter: @Rosysommelier